22 noviembre 2006

Pacifismo osado: Una palabra, un arma.

Cambiar las armas por palabras, hacer valer el derecho a ser escuchado, o, simplemente, el derecho a expresarse. Aunque duela. Aunque nos duela hablar o escuchar. Poruqe la crítica no siempre es bien recibida o comprendida incluso y puede llegar a granjearnos enemigos. Son los costos de hablar de alguna verdad, o de hablar de lo que se cree. Ojo, siempre buscando argumentos válidos y misiles teledirigidos a los responsables (o supuestos responsables) poniendo siempre responsablemente el nombre en el remitente.
El pacifismo lleva incorporada la ley de la no violencia, del no violentar ni ser violentado. ¿Pero ante la injusticia? ¿Ante la agresión? ¿Cuál es el medio? ¿Cuál es la forma para denunciar sin violentar? LA PALABRA. Desnuda y clara. Mi palabra de desagrado, que puede, tal vez, tomarse como germen de violencia, pero que no es más que la voz que crea conciencia y hace despertar la justicia dormida y los corazones aletargados. El acto violento del despertar se hace un acto pacífico en sus fines y transparente (y por lo demás, no violento) en sus medios. No violento porque siempre el otro va a tener la oportunidad de responder con su punto de vista y con las mismas armas el argumento que le sobreviene. O sea, además es justo.
Mis palabras son de una guerra no violenta que se plantea en el dominio de las ideas donde ellas son arma y argumento, banderas de lucha y de paz, consigna de una búsqueda de armonía en contra de de lo injusto e inarmónico que hay en el mundo.

Contra el autoritarismo y la mediocridad


Vivir oprimido, vivir asustado, genera mediocridad. O reacción. Pero no ambas en una misma persona. La mediocridad en cuanto no nos atrevemos a hacer cosas, a mostrar lo que sabemos, a alzar la voz, a denunciar las injusticias. Porque quien tiene el poder puede aplastarnos si no le agradamos. El "gran hermano" puede echarnos de su reality social.
Y genera reacción. Condenada, eso sí. Por el "gran hermano" y sus seguidores (sean obligados o voluntarios). Y así se apabullan las grandes ideas. "Porque estamos tan bien así", nos sentimos protegidos por el "papá-estado" y reclamamos cuando éste no nos hace las cosas que deberíamos hacer nosotros. Eso es mediocridad. Ésto es reacción.

Hablar en Chile contra elautoritarismo es como sabotear la forma en que está hecho el mundo. Por historia, como decía en una conferencia la Magister Elizabeth Lira en el Congreso de Psicología de Talca, hace muy poco. Por la extraña costumbre que ha generado el que así haya sido aún antes del comienzo de nuestra historia institucional independiente. Por la extraña razón de que prefiramos que se nos impongan una serie de reglas (leyes que suplicamos casi a gritos a nuestros "Honorables") a desenvolvernos con autodisciplina en nuestras relaciones sociales. Porque preferimos al profesor-autoridad que deja libros en la fotocopiadora, que al guía-maestro que alumbra nuestros pasos. Preferimos lo escrito a la crítica, porque todo se ve mejor si no hay borrones, porque borronear es malo, pero no es tan malo pasar los errores por alto, si aún se puede convivir, o sobrevivir con ellos.
¿Dónde quedó el valor de hacer las cosas por si mismo? ¿Dónde quedó el valor de querer pensar por mi mismo? ¿Cómo llegamos a enajenarnos tanto? ¿Quién calla ahora nuestra voz? ¿Quien tiene el poder de callarnos?
Esta vez, amigos míos, soy un rebelde contestatario.