08 julio 2007

Discusiones y Conversaciones


Me brotó hace poco una pregunta: ¿Cuál es el fin, el objetivo de discutir, estimada o estimado lector? Desde la brevedad de mi experiencia creo que el objetivo es imponer nuestro punto de vista sobre el punto de vista de los otros. Se discute bajo grandes apasionamientos. Si no tuviera el objetivo, la tildaríamos de una conversación sin sentido. Cuando hablamos de discusión propiamente tal, asumo que hablamos del acto en que los humanos, a través de sus opiniones, quieren o intentan cambiar las opiniones de leos demás, sean éstos sus interlocutores o terceros que observan la discusión. Influir. Dominar. Bajo la presunción de UNA verdad absoluta, de UNA forma correcta de hacer las cosas, de UN punto de vista superior al resto.
Aburrido por lo menos. Si descubriéramos y aceptáramos que todas las opiniones son válidas encontraríamos el enorme sinsentido del discutir. Apreciaríamos el enorme sentido de una conversación sin sentido, entre verdaderos idealistas intelectuales gozando al escuchar palabras novedosas en otras bocas, nuevas y culturizantes formas de ver y no corregir el mundo. Las constantes luchas de ideas en que nos enfrascamos no tienen más sentido que la falacia y autoengaño de sentirse superior ¿Aún no nos damos cuenta de que no hay, ni hubo, ni habrá hombre superior? El poder es más responsabilidad que dominio, es más persuación y aceptación que imposición, la verdad es adaptable a las circunstancias, la moral es relativa, el bien es relativo, la tolerancia es la institución sobre la que debería descansar la comunicación humana. Esa es mi propuesta.
La discusión es mi verdad contra la tuya. La comunicación es mi verdad junto a la tuya. La discusión contiene el sentido de lo absurdo, una arcaica y occidentalizáda "búsqueda" que niega -para los más cerrados- las distintas ramas en las que se di
vide el mismo camino llamado vida.
Voto por la comunicación, esa es mi opinión. No descalificaré votos de otro tipo, al contrario, me hará feliz saber que no somos iguales, pues qué aburrido sería; me encantaría ver que aún hay gente que piensa por si misma, o que al menos piensa, como yo también intento hacerlo.

El dueño del café abandonado

(El café frío de las seis)

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